Pregón de la XXXII Feria del Libro Antiguo y de Ocasión

01-12-2009


PREGÓN XXXII FERIA DEL LIBRO ANTIGUO Y DE OCASIÓN
Por José Manuel Caballero Bonald



Sevilla 19 de noviembre de 2009


Agradezco mucho en primer lugar a los organizadores de esta Feria sevillana del Libro Antiguo y de Ocasión que hayan pensado en mí para pregonar los atractivos y emociones que puede tenernos reservado este acontecimiento. Pregonar equivale a difundir, a hacer público algo, pero también a alabar, a enaltecer. La primera de estas acepciones, la de divulgar algo, va ahora de la mano de la segunda, de modo que me limitaré a lo más ineludible: a trazar una personal alabanza de una feria que a todos debe implicarnos por igual, sin el menor atisbo de exclusiones por gustos cronológicos o por grados de afición a la lectura. La historia cultural de Sevilla la convierte además en un enclave de muy singulares eminencias dentro de los anales del libro antiguo. Téngase en cuenta –por ejemplo- que hubo por estas trochas un impresor, Jacobo Cromberger, que en 20 años (en los primeros 20 años del siglo XVI) editó casi 300 libros y que fue el primero que imprimió con destino al Nuevo Mundo una cartilla para que los indios aprendieran español. No vi nunca esa cartilla, pero me hubiese encantado conocer sus secretos pedagógicos.
Venir a Sevilla a hablar de una feria de libros antiguos (o no tanto) me retrotrae a mis años mozos, a mi difusa etapa de estudiante de Filosofía y Letras, cuando se iniciaba mi aprendizaje literario y escribía mis primeros poemas más o menos duraderos, al tiempo que leía algunos de los libros que mejor recuerdo: esas primeras lecturas que constituyen como una huella sentimental imborrable. No me importa insistir en que la propia historia de Sevilla incluye, como nadie ignora, un pasado literario de fecundidad extraordinaria. Rebuscar por los entresijos de ese pasado puede llegar a proporcionar un placer inolvidable. Bien sabemos que desde los siglos áureos al siglo de las Luces y desde el romanticismo al naturalismo, sin olvidar las corrientes estéticas de vanguardia, la literatura ha tenido en Sevilla unas raíces excepcionales. La sola referencia al censo de escritores hispalenses de los últimos veinte siglos resulta desde luego espectacular. Desandar el tiempo en busca de esas raíces puede ser una tarea complicada, pero bien abastecida de recompensas emocionantes.
Si lo recuerdo es porque yo empecé a frecuentar las librerías de viejo precisamente aquí, en Sevilla, hace ya algo así como sesenta años. Fueron unas visitas cautelosas, tímidas, de husmeador incipiente que tenía naturalmente vetada la adquisición de la mayoría de los libros que deseaba, que viene a ser una situación parecida a la desear a la mujer de tu prójimo. Me veo asomándome discretamente a la puerta de algunas de esas respetables librerías y dudando de si mi presencia sería bien recibida o, por el contrario, no sería admitido en aquella alegoría de la cueva del tesoro. Los estantes repletos de volúmenes eran como una barrera difícilmente superable. Luego, andando el tiempo, mis visitas a las librerías de viejo españolas –y de Bogotá, La Habana, Buenos Aires, París, Montpellier- se fueron ajustando a tres etapas más o menos definidas: una primera de curioso todavía desorientado, una segunda de buscador de primeras ediciones de escritores españoles del siglo XX, y una última de interesado en la poesía española y francesa de todos los tiempos. Todo eso con poco orden y menos hacienda.
Siempre he recordado con especial agrado las tertulias con libreros de viejo de las que hablaban los escritores del 98: Azorín, Baroja, Valle Inclán... Es una especie de afición retrospectiva que no nunca ha dejado de estimularme. He conocido al menos a dos libreros de viejo que, aparte de su amistad, me regalaron consejos y orientaciones y me allanaron caminos y me abrieron puertas. Ahora ya, el hecho de que un viejo como yo entre en una librería de viejo es casi una redundancia. Puede decirse que he dejado de concurrir a las librerías en la misma medida que he dejado de frecuentar los más apetecibles peligros de la noche. La edad siempre termina haciendo de las suyas. Conservo, sin embargo, una invariable reserva de atractivos muy formalmente literarios por el mundo a la vez sencillo y suntuoso de las librerías de viejo.
Es cierto que la biografía de un escritor está tan estrechamente vinculada a los libros que ha escrito como a los que ha leído. Los años y los libros tienen en este sentido una relación muy estrecha. Tampoco es que comparta aquella afirmación excesiva de Borges a propósito de que él se enorgullecía de los libros que había leído mientras otros se jactaban de los que habían escrito. Yo no llego a tanto, pero los libros que he ido leyendo desde mi ya remota infancia constituyen como una especie de espejo múltiple donde me veo frecuentemente reflejado y donde a veces no consigo reconocerme del todo. Sea como fuere, en esos libros se alojan no pocos de mis descubrimientos de la vida precisamente porque también en esos libros descubrí otras vidas. El espacio que ocupan viene a ser como el espacio natural de mi biografía de escritor. Permítanme un fugaz recordatorio.
Yo fui un lector bastante precoz. Quizá por eso no oficié demasiado pronto como aprendiz de poeta. Prefería leer antes que aspirar a ser leído. Recuerdo muy bien aquellos años de adolescente y aquellas lecturas nunca olvidadas. Para muchos escritores las horas más emocionantes de la infancia remiten a ciertas lectura primerizas, al encuentro con algún libro que luego se convertiría en inolvidable. A mí también me ocurrió algo parecido. El acto de la lectura, el simple hecho de elegir un libro y aislarme con él para compartir no sabía qué sensaciones, ya tenía algo de ceremonia particularmente placentera. Nunca he olvidado a aquel incipiente lector un poco retraído, un poco desconcertado, crecido en la hostilidad ambiental y en las alarmas de un tiempo temible, cuando quizá buscara en un libro lo que aquel infortunio histórico de la guerra -y la inmediata posguerra- le impedía alcanzar.
En la pequeña biblioteca de mi casa familiar -no más de medio millar de libros, mayormente de historia y de química-, había también algunas novelas decimonónicas de escaso relieve y algunos ejemplos parciales de la poesía romántica y realista. Yo iba espigando a ciegas entre esos libros que sólo hojeaba o leía muy por encima, pero en los que de pronto descubría como un raro atractivo, una especie de sensación de que algo había allí que me ofrecía la posibilidad de acceder a un mundo ignorado y excitante. Supongo que a partir de esas primeras experiencias de lector podría configurar un mapa de preferencias de acuerdo con los libros que fui encontrando en las librerías y que constituyen de algún modo el catálogo más inequívoco de mi biografía literaria. Entre esos libros que –mal que bien- he conseguido salvar de los estragos del tiempo, es inevitable mencionar a aquellas dos o tres inevitables novelas de Salgari que se convirtieron en otros tantos nutrientes de mi fantasía y constituyeron el arranque de mi devoción por las novelas de aventuras ambientadas en el mar. Quiero pensar que también se inicia ahí mi gusto por el rastreo en las librerías, unos hábitos de índole sensitiva que se acrecentaron cuando fui descubriendo, por ejemplo, El Lobo de mar, de Jack London, La isla del tesoro , de Stevenson, Lord Jim, de Conrad, Moby Dick, de Melville....
Todo eso coincidió más o menos con una juvenil y enfermiza etapa mía en que tuve que guardar reposo. Ya he contado por ahí que había en Jerez un viejo bibliófilo republicano que consiguió salvar de la quema una estimable biblioteca. Era amigo de mi familia y cuando se enteró que yo andaba con averías en el pecho, me prestó (cosa rarísima en un bibliófilo) dos libros: la antología de Poesía española, de Gerardo Diego, y la Segunda antología poética, de Juan Ramón Jiménez. Dos libros que tuvieron para mí el valor de un punto de partida, de un modelo inicial que me mostró, al margen de todas las precedentes lecciones literarias, una hermosa y desconocida manera de interpretar la vida, de enaltecer la experiencia por medio de la palabra. En la antología de Diego me empecé a familiarizar con los poetas del 27: Cernuda, García Lorca, Guillén, Salinas, Aleixandre, Prados, Alberti... Un primer conocimiento que fui paulatinamente ampliando con otros libros suyos de furtivo rastreo en el mercado librero... Si no hubiese sido lector de esos poetas mi trayectoria literaria habría sido muy distinta a como ha sido. Quiero decir que yo comencé a escribir poesía porque simultáneamente leí esa poesía.
Pero todo eso pertenece a lo que podría ser mi prehistoria literaria. Para un lector de hábitos perseverantes. como creo ser, entrar en una librería de viejo era obviamente como acceder a un mundo lleno de imprevistos: esa consabida eventualidad de ir en busca de un libro y encontrar otro cuyo atractivo desplaza al que se buscaba; esa desazonante inseguridad ante la elección de un libro entre varios igualmente tentadores; esa imposibilidad lacerante de no poder adquirir una edición anhelada de precio prohibitivo. Conservo unos recuerdos muy diáfanos a este respecto. No es que seleccionara entonces con una mínima exigencia mis lecturas, pero sí debí sacar algunas conclusiones sobre mis gustos. Por lo pronto, me convencí de una vez por todas -creo yo- que un libro es un acompañante fiel y disponible, un confidente siempre dispuesto no ya a mostrarnos una y otra vez su intimidad, sino a oírnos. Su capacidad dialogante jamás se agota y hasta puede contribuir a guiarnos por el camino de la libertad. Y si un libro no nos enseña algo, si no nos agrada o no nos divierte, siempre quedará la opción de buscar otro. Mientras atravesaba un poco a tientas mi noviciado de lector, me imaginaba que había muchas personas que escogerían un día un libro como quien escoge el itinerario de un viaje y se internarían por él sabiendo que allí les aguardaba una aventura desconocida, un mundo cuya presunta fascinación ellos podían encargarse de interpretar a su modo y asimilar como un espectáculo por ellos mismos programado. A lo mejor incluso intuía ya que, sin esa contribución fructífera del lector, ningún libro alcanzaría su más propio destino: el de servir de fértil alianza entre quien escribe y quien lee. De no ser así, el acto creador de la escritura quedaría incompleto: el lector justifica la literatura.
Bien. Más de una vez se ha dicho que siempre se escriben aquellos libros que a uno le gustaría leer. La aseveración también sirve invirtiendo los términos: siempre se leen los libros que a uno le gustaría escribir. Quizá por eso mis años de juventud están marcados -desde un enfoque meramente literario- por una serie de lecturas que suplían en cierto modo mi todavía incierta capacidad para la escritura. El índice de obras que fueron abriéndome puertas, mostrándome caminos, fue de muy varia índole. Más que a alguna expresa recomendación docente o a mis directas pesquisas en la expurgada biblioteca de la Facultad, no pocas de mis lecturas de entonces procedían de préstamos de amigos que disponían de libros vetados por la censura o de furtivas exploraciones en algunas trastiendas de librerías. Encontré por entonces otros libros de poesía de los que me considero deudor: La realidad y el deseo, de Cernuda, Sobre los ángeles, de Alberti, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Lorca, Residencia en la tierra, de Neruda. Menos del Llanto, conservo como oro en paño las primeras ediciones de esos libros que tanto significaron para mí y que aún era posible encontrar no ya en librerías de viejo, sino en simples baratillos de Cádiz y de aquí, en el llamado mercadillo de los jueves, en la calle Feria, que eran mis rutas más perseverantes.
Así encontré también por aquellos años otros libros que me impresionaron muy vivamente. Es un arco que va -nada menos- de la Grecia heroica a la España barroca y en cuyos extremos podrían situarse la Odisea de Homero y las Soledades de Góngora. La Odisea me sedujo desde un principio, sobre todo por los modales poéticos del narrador de las aventuras de Ulises. Un tono y un tema que me hizo recuperar mi precedente afición a la novela de ambiente marítimo, acrecentado ahora por la espléndida fantasía homérica. En cuanto a las Soledades, sí puedo hablar de auténtico deslumbramiento. Góngora sigue siendo para mí todo un paradigma, el modelo insuperable de una avanzada estética ejemplar. También destacan de manera relevante, en ese vago pasado de mi experiencia lectora, otros libros buscados -o encontrados al azar- en librerías de ocasión y que continúan ostentando el rango de lecturas reincidentes: por ejemplo, las poesías de Garcilaso, San Juan de la Cruz o Quevedo; los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke; Una temporada en el infierno, de Rimbaud; Las flores del mal, de Baudelaire; el Juan de Mairena, de Antonio Machado, los Cantos de Maldoror, de Lautreamont, o Los heraldos negros, de César Vallejo... Son libros leídos en circunstancias muy diferentes, pero unidos por una idéntica y placentera evocación.
Creo que no me sería difícil asociar algunos títulos decisivos en mi formación con las librerías donde los adquirí, reconocibles incluso por el olor sugestivo del papel o de la pasta de la encuadernación. Quizá esos vínculos vendrían a ser como la recuperación emocionante de un buen trecho de mi biografía literaria. Entre esos libros –y esas librerías-, tengo muy bien alojados en la memoria los siguientes: La metamorfosis, de Kafka; El ruedo ibérico, de Valle-Inclán; ¡Absalón, Absalón!, de Faulkner, La náusea, de Sartre, las Residencias. de Neruda, La casa encendida, de Luis Rosales, los relatos de Borges... Más o menos por este orden, o por este desarreglo. A los que podría añadir otras predilecciones mías –muy especiales- en relación con la gran novela latinoamericana: Onetti, Rulfo, Carpentier, Lezama, García Márquez, algo de Cortázar, algo de Vargas Llosa... Y un último dato: los escritores que figuran en la Historia de los heterodoxos españoles, de Menéndez Pelayo, vienen a coincidir en muy buen medida con los más eminentes escritores de nuestros últimos cinco siglos que sigo considerando ejemplares por una u otra razón y que yo andaba buscando hasta hace poco en las librerías de viejo. Cada vez estoy más seguro de que los grandes escritores suelen ser también grandes heterodoxos.
Y nada más. Ahora ya, con los años, me dedico a releer más que a leer. La relectura es un ejercicio sumamente remunerativo. Decía Onetti que le gustaría padecer de amnesia para leer de nuevo, como si fuese la primera vez, los libros que más lo habían cautivado. No es mala idea, sobre todo para un asiduo a las librerías de viejo o de ocasión. Releer a los grandes escritores universales me sigue pareciendo una inmejorable excusa para sortear el peligro del desánimo. Todos los escritores que he venido citando –o que no he citado por consabidos-, siguen siendo realmente los que más me ayudaron a ser el escritor que ahora soy. Y por ahí ando yo todavía a ver qué pasa.

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